Vivir en una ciudad-cuenca
Hay algo que a los santiaguinos nos parece muy natural, pero que sorprende a cualquier persona que venga de afuera.
La cordillera.
Además de ser un espectáculo en sí misma, las montañas son parte del paisaje y por lo tanto de la vida.
Esta particularidad geográfica sitúa a Santiago en un lugar bastante exclusivo entre las capitales del mundo. Está emplazada en una gran cuenca, abrazada por la Cordillera de los Andes al oriente y la Cordillera de la Costa al poniente. Una geografía que no sólo define su paisaje, sino también la forma en que se vive.
La ciudad desde los cerros
Hay quienes comienzan el día subiendo el Cerro Manquehue, el San Cristóbal o alguno de los muchos senderos que existen dentro de la ciudad. Desde arriba, Santiago cambia de escala. Se entiende su forma, sus barrios, los cerros isla que emergen entre las calles y esa sensación tan particular de estar contenido por un paisaje inmenso. Incluso los problemas cotidianos parecen verse distintos cuando se miran desde esa altura.
La montaña como panorama cotidiano
Y cuando llega el fin de semana, las posibilidades parecen infinitas. En menos de una hora es posible estar esquiando en la cordillera durante el invierno, recorriendo los senderos del Cajón del Maipo, escalando, pedaleando o simplemente disfrutando de un picnic a los pies de la montaña. Pocas capitales ofrecen una transición tan rápida entre la vida urbana y la naturaleza de alta montaña.
Una geografía que da forma a la ciudad
Esa relación también ha moldeado la ciudad. Los barrios se adaptan a las quebradas, las calles siguen las curvas de nivel y muchas viviendas se apoyan directamente sobre las laderas, viviendo literalmente a los pies de la cordillera. La topografía no se intentó borrar: se incorporó a la manera de habitar.
Habitar al aire libre
A eso se suma un clima mediterráneo privilegiado, con estaciones marcadas, inviernos suaves y largos meses de cielos despejados que invitan a estar al aire libre. Los parques, las plazas y las ciclovías forman parte de una ciudad donde el contacto con la naturaleza no es una excepción, sino una costumbre.
Un horizonte que acompaña
Quizás por eso, después de un tiempo, uno deja de pensar en la cordillera como un paisaje extraordinario y empieza a sentirla como una presencia cotidiana. Un horizonte que orienta, una geografía que protege y un recordatorio permanente de que, incluso en medio de una gran ciudad, la naturaleza nunca está demasiado lejos.
